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Crónica de mi viaje a Sagres Sepam072007 22, 2007

Posted by Kaiser Soseg in Viajes.
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Y allá que me fui. Sin hotel, hostal o habitación. Sólo quería salir de Cádiz, de los repetidos y repetidos bares de Muñoz Arenillas, de las viejas fofas que se te plantan bien encima con toda la playa libre con er Jonathan, la Vane y er Paco, del joio levante, de la rutina en la que tan fácil es caer en una ciudad que cada vez se parece más a un pueblo. En fin, que quería sentirme de vacaciones, pues lo más lejos que había estado este aburrido verano era en El Palmar, donde al menos pude disfrutar de una semana guay de olas decentes y sol.

Así que me busqué un pardillo/a de acompañante, la Ana no fue difícil de convencer porque en Cádiz mucho no hay que hacer. Salimos el lunes a eso de las diez y en unas cuatro horitas ya estabamos en Portugal, eso sí, ni rastro de Madeleine ni de Guardia Civil en todo el camino (ni uno en 425 km, ¿seguro que la operación retorno no es un camelo?) Ya en Sagres y tras alguna paradita para mear y comer, nos pusimos a buscar sitio para dormir, mi Chiki, un Citröen C2, es bien cómodo, pero no tanto como para dormir cuatro noches seguidas. Preguntamos a pie de playa y nos acercamos por un bar. Un portugués que pensábamos hasta el último día que se llamaba Francisçao nos enseñó una habitación, 35 euros la noche con neverita, dos camas, cerca de la playa, un buen baño y limpia. Nos la quedamos del tirón, dejamos los tiestos y para la playa más cercana, que era Mareta. No cogí el boogie, pues de tanto conducir me apetecía tirarme y pasar de to. La playa era la caña, rodeada de acantilados, ese día con olas pequeñas y huecas y el agua transparente y fría. Echamos el rato, compramos comida y para la habitación.

Ya por la noche y tras una mini siesta post merienda nos dimos una vuelta por el pueblo. Sagres es como Santi Petri (Chiclana) hace unos años. Un pueblo pequeño, bastante abandonado, con un puerto pequeñito, cuatro o cinco bares donde comer y beber, cuatro restaurantes normales, dos caros y cinco hoteles. Así era Sagres. Una recta con casitas bajas a sus espaldas como en la que nosotros dormíamos. Eso sí, si quieres comprar un perro abandonado, vete a Sagres, por la misma calle principal puedes toparte caminando con un mínimo de cinco y un máximo de ocho, a cual más sucio, pero bueno. Presos del cansancio y del frío que soplaba nos acostamos temprano, encima la hora de menos de allí es bastante coñazo, aunque sólo sea una te tienes que aclimatar un poco.

Al día siguiente me levanté temprano aunque las previsiones, que llevaba estudiadas y re estudiadas no daban olas hasta el miércoles. Nos acercamos por Mareta por si acaso, cero olas, mar plano, así que seguimos para Tonel. Como era pronto decidimos pasar a ver la Fortaleza de Sagres y el Faro. Y mereció la pena. Acantilados acojonantes, vistas alucinantes y fotos muy muy chulas. Aquello es bastante grande, así que tardas un ratillo en dar la vuelta completa a la Fortaleza. Luego pusimos rumbo a la playa de Tonel. Flanqueada de las rocas de la Fortaleza (está al lado) y de acantilados más de lo mismo, cero olas. El boogie se quedó en el coche y de ahí no salió en todo el día. La playa de Tonel era bien bonita, se parecía bastante a la del Hotel Flamenco de Conil, con una piedra bien grande en medio de la playa y metida en el agua y con una franja de rocas que separa la playa en dos partes.

Siguiendo el plan previsto cambiamos de playa y fuimos a ver cómo andaba la playa de Zavial. Había leído que allí las olas eran bien buenas y que ofrecían bastantes posibilidades. Pero la suerte no me acompañaba. Llegamos y Zavial estaba tan tranquila que era paraíso de buceadores y pescadores. Es una playa pequeña, casi una calita, pero muy tranquila, rodeada de rocas perfectas para bucear y con un agua super transparente. De vuelta de Zavial nos paramos a ver las tiendas de surf que hay a la entrada de Sagres, que no son pocas ni mucho menos malas. Tenían una enorme variedad de marcas en cuanto a boogies, algunas desconocidas, pero con calidad. Los precios eran bastante competitivos, más o menos como en España, aunque algunos bañadores, de marcas portuguesas y bastante chulos, estaban a un precio bastante asequible.

Llegamos hambrientos, merendamos, descansamos y nos fuimos a cenar a un bar cercano a la habitación, el Agua Salada,  con buena comida, ambiente surferillo con revistas y demás para leer, cocktails y futbolín. El primer día le di la del pulpo a la colega, el segundo, mi día gafe al parecer, salí escardao. Yo rey del futbolín, pateado por una mujer novata, qué mal día. Nos tomamos una piña colada y alguna guarrería para comer y para la habitación. En Sagres por la noche no busques grandes fiestas, orgías o cosas por el estilo, no las encontrarás.

Miércoles, ese era el día. Las previsiones daban olas de 2,3 metros a 2,5 en playas cercanas a Sagres. Me levanté temprano, desayuné corriendo y me fui a Mareta…putada depresiva, el mar casi como un plato. Así que seguimos el plan, decidimos buscar la playa de Bordeira. Había leído que allí hay unas olas geniales, de las mejores de Portugal. ¿Mi opinión? Ni puta idea, nos metimos en carretera siguiendo la ruta de la jodida Guía Michellin y no encontramos na de na. Y mira que tuve paciencia buscando, casi vuelvo a entrar en territorio español, pero nada, ni rastro de Bordeira. Ya cabreado y deprimido a la vez nos volvimos para Sagres. Sólo quería tirarme en la arena, así que fuimos directos a Tonel, la más cercana entrando al pueblo.

Para más cabreo, el levante soplaba fuerte al principio, así que mi vena del cuello creció y creció. Tanto que le dije a la Ana: “killa, vine aquí a coger olas y no hay ni un mojón de pato, así que mañana pa Cádiz”. Ni rechistó la pobre ante un tío que parecía haberse convertido en super guerrero sólo por el hecho de no estar cogiendo ni una ola. Pasaron algunas horas en Tonel y empezaron a entrar olillas ridículas, pero algunos guiris se metieron con sus tablas. Empecé a pensar:”¿bajo el boogie del coche?, ¿no lo bajo?” Tras un pequeño pacto con Ana, decidió ir a por el boogie para que el nene pesao cogiera algo parecido a una ola.

Me puse la lycra, las aletas y pillé el boogie. Eran enanas pero tenían suficiente fuerza como para arrastrarme un metrillo de distancia. Entre que el agua estaba helada y que una niña española de ocho años no dejó de darme el coñazo me salí del agua. Ya secos nos fuimos para Sagres, pero como Mareta estaba antes que nuestra habitación decidí pasar a ver como estaba aquello. No me lo podía creer. Casi salto del coche en marcha y lo tiro por el barranco. ¡Lo que en Tonel era una ola de 20 centímetros, en Mareta era una ola de más de dos metros! Con los nervios el Chiki casi se va a pique por el barranco. Parecía un niño con zapatos nuevos como dicen.

Así que en menos de cinco minutos ya estaba yo en el agua con mi traje Seland de cuando tenía 20, mi Genesis Raúl Reguera en rosa y amarillo ya estrenado pero nuevecito, mis aletas Churchill negras y grises y mis escarpines para evitar rozaduras. Había mucha peña en el agua, boogies sobre todo. Me metí sin pensarlo,me moría por pillar una ola en territorio portugués, nunca había cogido una ola extranjera y quería ver cómo eran esas. La primera no fue mala, con una buena izquierda me quedé sólo para hacer alguna maniobra y seguir acostumbrándome.

Poco a poco fui tirando para el fondo y a rodearme de boogies portugueses. Pives de 11 años, niñas de 14, tíos de 25, todos tenían bastante nivel y se movían a sus anchas. Poco a poco las olas crecieron y ahí quizás no todo fue tan bien. De repente un portugués gritó: ¡fondo! Hasta entonces las olas no me habían impresionado tanto, pero aquella sí que lo hizo. Nada más verla de lejos metí el turbo con las Churchill, pero no para cogerla, ¡sino para zafarme de aquel bicho! Se me puso el corazón a cien, nunca había estado frente a una ola tan grande, mediría unos 2,7 o así y era un bicho de grande. Tenía tanta fuerza la condenada que hacer el pato no me sirvió de mucho, la cantidad de agua que aquello movía por debajo me desequilibró y me hizo dar alguna vuelta como si estuviera en una auténtica lavadora. A partir de ahí los nervios me jugaron una mala pasada, no estaba tan a gusto, pendiente más de lo que pudiera venir y si sería capaz de ir a por ello que de disfrutar de las olas. Además, los boarders locales iban bastante fuerte sin contemplaciones y tampoco quería movidas para empezar.

Aún así, pillé algunas buenas olas y disfruté viendo a peña bastante buena pillando olas. El viaje se había salvado, así que de irse el jueves, nanai de la china. Nos fuimos a la habitación, duchita y para el bar Dromedario. Un bar con unos cocktails alucinantes donde pinchan vídeos de bodyboard y donde se puede ver algún que otro autográfo de profesionales como Tamega. Me tomé un Banana Colada que estaba de cojones.

Penúltimo día en Sagres, jueves. Me levanté temprano, las previsiones daban más o menos el mismo oleaje que el día anterior y quería pillarle el truco cuanto a aquellas olas grandes y diferentes a las de Cádiz. El día estaba nublado, esta vez dejamos al chiki descansando en casa tras tantas vueltas y nos fuimos andando hasta la playa de Mareta, que no estaba a más de diez minutos de donde dormía. Llegamos y había mogollón de peña. Muchos mirando y echando fotos y vídeos, otros comentando maniobras, otros preparándose para entrar…

No me metí nada más llegar, quería estudiar un poco cómo estaban las olas y ver cómo y qué hacía la gente que había metida. Ese día el nivel de boarders no era tan alto, aunque de surfers ya era otra cosa, había varios que se pegaron vuelos acojonantes con tablas que parecían que llevaban pegadas a los pies. Ya por fin decidí entrar al agua, a eso de las 12. Disfruté de la hostia desde el principio. Las olas rompían aún algo cerca de la orilla, así que no tenían mucho recorrido, pero de altura andaban perfectas, rondando los 2,5 y con algunas series bastante tochas y profundas. Desde el principio todo fue sobre perfecto.

Pude disfrutar de sensaciones que nunca había sentido pillando olas y aluciné. Bajando la ola a una velocidad acojonante todo parecía ralentizarse y tranquilizarse. Mi viaje se resume en esa sensación super placentera bajando una ola enorme bajo el sol con una vista impresionante. Además, la vista desde la parte alta de la ola era genial, con el rabillo del ojo se podían ver aquellos barrancos y cantidad de gente mirando a la gente surfear, lo que te motivaba más aún para lucirte un poco de paso.

A pesar del considerable tamaño de muchas olas estaba relajado, de hecho me apunté a un grupo de pirados a esperar ‘el olón del día’ y ay que si la pillé. Bajé olas super buenas, bien largas y rápidas, sobre todo de izquierdas disfruté a saco haciendo 360, rizos y cut backs salpicando a saco de agua. Haciendo uno de ellos un cámara acuático me sacó una foto, ¡espero verme en algún lado tío! Ya cansado me salí del agua a comer algo. La Ana, que es una joía santa, subió a por unos bocatas al bar de nuestro amigo Francisçao. Así que con el traje aún puesto me puse a engullir como si nunca hubiera comido.

Ya con la barriga llena y tras un pequeño relax tirado en la arena volví a meterme en el agua, iba a ser mi última sesión de bodyboard en Sagres y quería aprovecharla al máximo. Lo hice sobrado. Me pasé dos horas alucinantes en el agua, sin dejar de coger olas. Ya cuando alguno gritaba “fondo” no me acojonaba, me subía hacia el fondo para coger la ola más grande que llegara a la playa, alguna de ellas me la saltaron, pero bueno, así es esto de coger olas. Intenté hacer maniobras más radicales sobre las olas grandes, algunas salieron y en otras terminé metido en aquella lavadora, pero sin problema.

Ya extasiado salí del agua tras dos horas sin parar y con una sonrisa de oreja a oreja. ‘Sensación Sagres’ 100%. Una sensación de tranquilidad y disfrute que hacía mucho mucho tiempo que no tenía. Fui a coger olas y me volví con eso de más, así que el balance es claramente positivo. Volví a la habitación como si me hubieran dado una auténtica paliza, bueno, en este caso me la había dado yo. Cenamos temprano temprano y a las doce ya estaba yo sobando la mona cargando las pilas para el viaje de vuelta.

Viernes, día de vuelta a casa y de lluvía. Tras cargar el coche y demás me pasé por la playa a despedirme de ella, había gente bajando con tablas y demás, pero ya las olas eran mucho más pequeñas. Le pagamos a Francisçao, que resultó llamarse Gilberto, me pillé una revista portuguesa de bodyboard bien chula (Vert) por sólo tres euros y emprendimos viaje de vuelta. Echamos gasolina en Galp, joder, por 30 euros 25 litros, aviso: la gasolina en Portugal es carísima. Seguimos hacia España algo entorpecidos por portugueses suicidas, españoles lentos y esos malditos coches de 50 centímetros cúbicos tan ridículos y peligrosos en carretera. El viaje como a la ida, cero policía portuguesa interrogando a Chony por Madeleine (sí, lo reconozco, soy un imán para la policía no sé por qué, no estoy fichado), cero guardia civil en territorio español. Bolsa de conguitos, aquarius y listo, en Cádiz.

Se acababa un surfari de cinco días, tres de tranquilidad total en el agua y dos de buenas olas y sobre todo un viaje que salió bien, que necesitaba como el comer, que me vino de perlas, del que aprendí mucho y que espero repetir pronto porque esas olas me volvieron loco la verdad. ¿Qué más se puede pedir?

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